
SOBRE EL TURISMO
No soy nada nacionalista, y, sobre todo, no soy nada nacionalista francés. No puedo, por tanto, aplaudir a esos parisienses que apedrean por xenofobia a los turistas, y, sin embargo, ¡cuántas veces en París, viendo pasar una caravana de la casa Cook o de la American Express, no he sentido el deseo de arrojarle yo mismo la primera piedra!
El nacionalismo es odiodo; pero el turismo es mil veces más odioso todavía, y huelga decir que, por turismo, yo entiendo tan sólo el turismo inglés y norteamericano. Un español o un italiano, en efecto, un ruso o un alemán no son nunca enteramente turistas, por mucho Zeiss y mucho Kodak que lleven, por mucho Baedeker que lean y por mucho traje a cuadros que se pongan. El verdadero turista es un norteamericano o un inglés que, después de haber hecho completamente inhabitable su país en fuerza de leyes moralizadoras, se une a otros norteamericanos o ingleses y se va por el mundo, no a ver cómo es el mundo, sino a ver cómo son en él los hoteles ingleses y los hoteles nosrteamericanos. Tomando como artículo de fe la superioridad anglosajona, el turista norteamericano o inglés está firmemente convencido de que en ninguna parte se podrá aburrir tanto como en su tierra, y es en vano que le sirva usted tres catedrales góticas por la mañana y dos circos romanos por la tarde, un lago con el desayuno y algún monasterio con el té. El mundo no le inspira curiosidad ninguna. La humanidad no le importa nada, y por eso viaja, que de lo contrario, de suponer que al viajar podría ver o aprender algo interesante, se quedaría en su casita diciendo:
-My house is my castle ...
Por todas estas razones, resulta que en París, centro universal del turismo, es mucho mayor el espectáculo que le ofrecen los turistas a la ciudad que la ciudad les oferce a los turistas. Los turistas no ven nada; pero en cambio, todo el mundo ve los auto-cars de la casa Cook cargados de dientes y de correas, de home-spuns y de Traveler cheques, y si al verlos se les arrojan algunos objetos, ya sólidos o ya líquidos, ¡qué le vamos a hacer!
Yo lo lamento con toda mi alma y lo considero indgno de París, por lo que pueda haber de ello de odio zoológico al extranjero; pero no por lo que haya de odio humano y antropológico a ese animal inclasificable que se llama el turista ...