martes, 1 de septiembre de 2009

Carmen

Manicomio provincial de Elda, 1920.


Dicen que la tía abuela Carmen se volvió loca cuando el Auxilio Social franquista, después de la guerra, les negó a sus sobrinos los alimentos por ser hijos de socialistas. Ese día, la tía abuela marchó con paso decidido a la Iglesia parroquial de Novelda y arrambló con cuantos tapetes y telas cubrían el altar y el sagrario. Aquellos paños habían sido cuidadosamente bordados y festoneados de encajes por ella durante largos años.

Pasó el resto de sus días en el manicomio de Elda, visitada ocasionalmente por la familia. Debe de haber un nombre para denominar lo que la tía abuela Carmen sintió aquél aciago día de 1939. Seguro que un psiquiatra nos podría dar una definición y explicación, pero no sería suficiente. Hay algo de valor en estado puro en aquella reacción que siempre me ha sobrecogido. Y de fortaleza. Enloquecida de humanidad, apenas si vislumbro cuales pudieron ser sus delirios y terrores más espantosos. Bienaventurada mujer.
(c) Luis G. Torregrosa López, 2009.


jueves, 13 de agosto de 2009

Adivino

Adivino, de Gastón Betelli



Barajó, echó las cartas y salió corriendo hacia su casa para descubrir que sí, el As de corazones estaba con su Dama de rombos.



© Luis G. Torregrosa López, 2008.



sábado, 8 de agosto de 2009

Hechizo de Luna

Dibujos de Galileo sobre las fases de la Luna. (Dominio Público.)


Recorrí el sendero que lleva al borde del valle. La noche clara permitió mi primera salida en solitario, curioseando.

Desde la altura contemplé el paisaje. Permanecí algún tiempo apreciando el silencio, escudriñando en las sombras, olfateando el aire fresco. No me di cuenta hasta más tarde que mi madre me había seguido. Estaba unos pasos atrás.

- ¿Qué haces?-, dijo.
- Veo los riscos y los árboles centenarios salpicados entre las rocas; observo al búho que, de rama en rama, busca la presa; sigo con la vista las volutas de humo gris que salen de aquella cabaña, y me tiene atrapado el brillo ondulado de la Luna allí, al fondo, sobre la superficie del río.-, contesté.
- ¿Y qué sientes?.-, prosiguió ella.-
No lo sé. Algo dentro de mí me obliga a mirar la Luna, a temerla y a quererla.-, respondí.
- Pues haz como yo, hijo mío: aúlla.

© Luis G. Torregrosa López, 2001.


domingo, 2 de agosto de 2009

Eunucos


De todos es sabido que los eunucos son hombres castrados, mutilados, y que con ello garantizan los sultanes que sus mujeres recibimos el mejor de los servicios domésticos sin correr riesgos de aventuras sexuales. A mi siempre me ha resultado cruel la imagen del eunuco, privado de su sexualidad y condenado para siempre a vivir a las puertas del placer, viendo mujeres rebosantes de belleza en la intimidad de la alcoba sin poder sentir por ellas hervir la sangre.


Y sin embargo, allí estaba, frente a mí, escondido tras el enrejado, el eunuco más viejo de los que mi señor dispuso para distraerme, masturbándose.


(c) Luis G. Torregrosa López, 2001.


martes, 28 de julio de 2009

Lola



La abuela Lola vio la luz en el primer año del siglo XX y su primer recuerdo fue el de su padre echándole una manta a la cabeza para que no viera al "diablo" que representaba el tren Madrid-Alicante. Fue un día claro de la infancia cuando cuando la familia viajaba en carro de Agost a Novelda.


La abuela Lola supo, poco después, que la serpiente que ocasionalmente pasaba por entre los campos de la hoy conocida Uva del Vinalopó, era un invento extraordinario en el que los madrileños colgaban los botijos en las ventanas en verano y dedicaban medio día en bajar a la costa y encontrarse con el mar.


La abuela se caso en los felices veinte con el abuelo Luis. El recuerdo más bello que guardaba en su mente era la imagen de su futuro marido montado en un caballo blanco que venía a verla desde La Romana. Aquel apuesto hombre de más de dos metros -la abuela apenas llegaba a 1,55- le arrebató el corazón para siempre.


Católica practicante, su tolerancia para con las creencias de los demás era proverbial. No abandonó su fe jamás, y respetó y fue respetada por su marido, dirigente socialista y sindicalista en Novelda que desde la retaguardia en la Guerra Civil, trabajó en una fábrica de armamento y fue el encargado de imprimir sellos locales republicanos.


El abuelo Luis abandonó Novelda un tiempo tras la derrota de los demócratas para evitar una muerte cierta (no en vano era Secretario General de la UGT y el PSOE en su localidad) y las consiguientes represalias en la familia. Viajante en los primeros años de la dictadura, la abuela Lola debió hacer frente a la hambruna con cuatro hijos. No era una situación cualquiera: faltaba la comida cada día, sin solución de continuidad, y sus hijos no recibían alimento ni ayuda alguna por las autoridades por ser vástagos de "Luis el Rojo".


No recuerdo haber oído a la abuela Lola quejarse jamás de aquella época, a pesar de que su hijo mayor, mi padre, tiene una memoria precisa de los días que pasaban sin más alimento que una manzana o medio plato "de lo que fuera".


La abuela Lola vio morir al abuelo a finales de los cincuenta y asistió con absoluta reverencia a la aparición de la televisión. Era devota del artilugio, y aceptaba, por no discutir, que los hombrecillos que aparecían en la pantalla eran imágenes que se trasportaban por ondas en el aire. Solo cuando la tele dejaba de transmitir se reafirmaba en su idea de que los hombrecillos, que sin lugar a dudas vivían dentro del aparato, se habían cansado, nada más.


Era ya mayor cuando me casé y no pudo asistir a la boda, pero mi mujer y yo fuimos a verla ese día y nos agasajo y abrazó cuanto un corazón de bien puede.


No dejamos de visitarla en los años siguientes, siempre sonriente y encantadora, hasta que un caluroso día de julio amaneció muerta en su cama, con rostro pacífico. Recuerdo el ataud casi en la entrada de la casa, el lugar más fresco, y fue entonces cuando, mirándola, me di cuenta de que aquella mujer había sido feliz, aún en los tiempos más adversos, simplemente porque lo había dado todo con una sonrisa y jamás había pedido nada a cambio. Siempre he recordado una frase que era común en su vejez: siento morirme y no saber en que va a quedar todo esto.


(c) Luis Torregrosa López, 2009.


jueves, 23 de julio de 2009

El Señor de la Montaña

Montaigne retratado por Thomas de Leu , imagen que acompaña la primera edición de Los Ensayos en Francia, 1617. (En dominio público)




Michel Eyquem de Montaigne cayó del caballo cuando tenía 35 años y estuvo al borde de la muerte. La experiencia fue bastante para que se recluyera en su castillo y dedicara el resto de sus días a disfrutar de la lectura y escribir sus magníficos ensayos, lejos de cualquier riesgo. Ese caballo cuyo nombre desconocemos, no supo hasta que punto nos brindo a un autor imprescindible.

Su obra, Los ensayos, publicada en castellano por El Acantilado en 2007*, ha sido el regalo que mi hermano escogió con buen tino y mejor gusto para mi cumpleaños y que anoche me apresuré a comenzar a disfrutar. Hace ya bastantes años, leí las obras completas de Luis Vives, un humanista en la España cristiana, en una magnífica edición de la Generalitat Valenciana, que por aquel entonces dedicaba esfuerzos y medios para la educación, la salud y la cultura, muy lejos de la triste política de sastrería que hoy nos avergüenza a los valencianos.

Montaigne, a diferencia de Luis Vives, es un santo/humanista laico para los lectores, aunque ambos se derramen en materias comunes. Montaigne es el padre del ensayo tal y como hoy lo conocemos. Su formación erasmista no impidió que se embebiera de toda la tradición griega y romana, apostando por un bien, la vida, como fuente de felicidad, siempre que estuviera plena de conocimiento, interrogantes (Que sais-je? era el lema de su casa) y sano escepticismo. Esto le valió, primero, las alabanzas en vida, y que la obra terminase en el Índice de Libros Prohibidos, después. La filosofía posterior, hasta la literatura, estuvo marcada por su obra, al menos en Francia, Alemania (en Goethe podemos ver un Montaigne prusiano) y el Reino Unido.

Me apresto al magnífico encuentro con esta obra que sólo conocía en parte, durante la incansable canícula de este año.

*La edición de Acantilado es la de Marie de Gournay, jovencísima parisina de 20 años que, tras la muerte de Montaigne, realizó una magnífica edición en 1595.


(c) Luis Torregrosa López

viernes, 17 de julio de 2009

Literatura, ¿para qué?



No me acuerdo de la Primera Guerra Mundial pero la leí hace tiempo.

No me acuerdo de mi primer viaje a Acapulco pero sí de haber leído Crónica de una muerte anunciada en la vieja carretera interminable.

No me acuerdo de ninguna mujer de principios de siglo que no sea Margarita.

(...)


Así empieza el artículo del méxicano Emiliano Monge en Babelia de El País, esta semana. Me sumo a su razonamiento inteligente e imprescindible. A ver si alguien adivina quién es Margarita.

lunes, 13 de julio de 2009

La desmemoria (4)

Lámina reproduciendo los sucesos del 1, 2 y 3 de mayo de 1886 en Haymarket, Chicago.



La desmemoria/4
Eduardo Galeano. El libro de los abrazos


Chicago está llena de fábricas. Hay fábricas hasta en pleno centro de la ciudad, en torno al edificio más alto del mundo. Chicago está llena de fábricas, Chicago está llena de obreros.

Al llegar al barrio de Haymarket, pido a mis amigos que me muestren el lugar donde fueron ahorcados, en 1886, aquellos obreros que el mundo entero saluda cada primero de mayo.

-Ha de ser por aquí-, me dicen. Pero nadie sabe.

Ninguna estatua se ha erigido en me moria de los mártires de Chicago en la ciudad de Chicago. Ni estatua, ni monolito, ni placa de bronce, ni nada.

El primero de mayo es el único día verdaderamente universal de la humanidad entera, el único día donde coinciden todas las historias y todas las geografías, todas las lenguas y las religiones y las culturas del mundo; pero en los Estados Unidos, el primero de mayo es un día cualquiera. Ese día, la gente trabaja normalmente, y nadie, o casi nadie, recuerda que los derechos de la clase obrera no han brotado de la oreja de una cabra, ni de la mano de Dios o del amo.

Tras la inutil exploración de Haymarket, mis amigos me llevan a conocer la mejor librería de la ciudad. Y allí, por pura casualidad, descubro un viejo cartel que está como esperándome, metido entre muchos otros carteles de cine y música rock.

El cartel reproduce un proverbio del África: Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificabdo al cazador.

La desmemoria (1) / La desmemoria (2) / La desmemoria (3)
(c) Eduardo Galeano


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jueves, 9 de julio de 2009

La desmemoria (3)



La desmemoria/3

En las islas francesas del Caribe, los textos de historia enseñan que Napoleón fue el más admirable guerrero de Occidente. En esas islas, Napoleón restablecio la esclavitud en 1802. A sangre y fuego obligó a que los negros libres volvieran a ser esclavos de las plantaciones. De eso, nada dicen los textos. Los negros son los nietos de Napoleón, no sus víctimas.




jueves, 2 de julio de 2009

La desmemoria (2)



Fosa común de Oviedo (Wikimedia Commons, CC-BY-SA-2.0)





El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convitió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia; pero no se necesita ser Sigmud Freud para saber que no hay alfombra que pueda ocultar la basura de la memoria.


(c) Eduardo Galeano


En recuerdo de las víctimas de la represión franquista


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domingo, 28 de junio de 2009

La desmemoria (1)




La desmemoria/1


Estoy leyendo una novela de Louise Erdrich. A cierta altura, un bisabuelo encuentra a su bisnieto.

El bisabuelo está completamente chocho (sus pensamientos tienen el color del agua) y sonríe con la misma beatífica sonrisa de su bisnieto recien nacido. El bisabuelo es feliz porque ha perdido la memoria que tenía. El bisnieto es feliz porque no tiene, todavía, ninguna memoria.

He aquí, pienso, la felicidad perfecta. Yo no la quiero.

La desmemoria (2)
La desmemoria (3)

La desmemoria (4)
(c) Eduardo Galeano.

viernes, 19 de junio de 2009

Sobre el turismo



SOBRE EL TURISMO
(''Sobre casi nada'' Julio Camba, 1927)

No soy nada nacionalista, y, sobre todo, no soy nada nacionalista francés. No puedo, por tanto, aplaudir a esos parisienses que apedrean por xenofobia a los turistas, y, sin embargo, ¡cuántas veces en París, viendo pasar una caravana de la casa Cook o de la American Express, no he sentido el deseo de arrojarle yo mismo la primera piedra!

El nacionalismo es odiodo; pero el turismo es mil veces más odioso todavía, y huelga decir que, por turismo, yo entiendo tan sólo el turismo inglés y norteamericano. Un español o un italiano, en efecto, un ruso o un alemán no son nunca enteramente turistas, por mucho Zeiss y mucho Kodak que lleven, por mucho Baedeker que lean y por mucho traje a cuadros que se pongan. El verdadero turista es un norteamericano o un inglés que, después de haber hecho completamente inhabitable su país en fuerza de leyes moralizadoras, se une a otros norteamericanos o ingleses y se va por el mundo, no a ver cómo es el mundo, sino a ver cómo son en él los hoteles ingleses y los hoteles nosrteamericanos. Tomando como artículo de fe la superioridad anglosajona, el turista norteamericano o inglés está firmemente convencido de que en ninguna parte se podrá aburrir tanto como en su tierra, y es en vano que le sirva usted tres catedrales góticas por la mañana y dos circos romanos por la tarde, un lago con el desayuno y algún monasterio con el té. El mundo no le inspira curiosidad ninguna. La humanidad no le importa nada, y por eso viaja, que de lo contrario, de suponer que al viajar podría ver o aprender algo interesante, se quedaría en su casita diciendo:

-My house is my castle ...

Por todas estas razones, resulta que en París, centro universal del turismo, es mucho mayor el espectáculo que le ofrecen los turistas a la ciudad que la ciudad les oferce a los turistas. Los turistas no ven nada; pero en cambio, todo el mundo ve los auto-cars de la casa Cook cargados de dientes y de correas, de home-spuns y de Traveler cheques, y si al verlos se les arrojan algunos objetos, ya sólidos o ya líquidos, ¡qué le vamos a hacer!

Yo lo lamento con toda mi alma y lo considero indgno de París, por lo que pueda haber de ello de odio zoológico al extranjero; pero no por lo que haya de odio humano y antropológico a ese animal inclasificable que se llama el turista ...

miércoles, 17 de junio de 2009

viernes, 12 de junio de 2009

Olivo del camino (I)


[1] CLIII

OLIVO DEL CAMINO


A la memoria de D. Cristobal Torres


I



Parejo de la encina castellana

crecida sobre el páramo, señero

en los campos de Córdoba la llana

que dieron su caballo al Romancero,

lejos de tus hermanos

que vela el ceño campesino -enjutos

pobladores de lomas y altozanos,

horros de sombras, grávidos de frutos-,

sin caricia de mano labradora

que limpie tu ramaje, y por olvido,

viejo olivo, del hacha leñadora,

¡cuán bello estás junto a la fuente erguido,

bajo este azul cobalto,

como un árbol silvestre, espeso y
alto!


II


Hoy, a tu sombra, quiero

ver estos campos de mi Andalucía,

como a la vera ayer del Alto Duero

la hermosa tierra encinar veía.

Olivo solitario,

lejos del olivar, junto a la fuente,

olivo hospitalario

que das tu sombra a un hombre pensativo

y a un agua transparente,

al borde del camino que blanquea,

guarde tus verdes ramas, viejo olivo

la diosa de ojos glaucos, Atenea.

(....)

Antonio Machado, Nuevas Canciones, editorial Mundo Latino.


jueves, 11 de junio de 2009

miércoles, 10 de junio de 2009

¡Más madera! ...


... gritaba el fogonero. Mientras, la maquinaría rugía y tú, insensible, dejaste de besarme.


(C) Luis G. Torregrosa López, 2009.


jueves, 4 de junio de 2009

Estúpido



Diletante y aburrido, el chorro de su verborrea ahogó el diálogo hasta el extremo de vaciar de sentido cuanto tiene nuestra lengua.
(c) Luis G. Torregrosa López, 2009.

Al entrar ...




... descubrió que la razón estaba a sus espaldas.
(c) Luis G. Torregrosa López, 2009.


viernes, 29 de mayo de 2009

21 locos



En la planta caminábamos 21 locos, a cual más fuera de sí y cerca del cielo de los sueños. No queríamos despertar; tan solo mirar cada uno al resto y escupir las palabras bien dichas de "yo no soy como ellos".

© Luis Torregrosa López, 2009
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