martes, 28 de julio de 2009

Lola



La abuela Lola vio la luz en el primer año del siglo XX y su primer recuerdo fue el de su padre echándole una manta a la cabeza para que no viera al "diablo" que representaba el tren Madrid-Alicante. Fue un día claro de la infancia cuando cuando la familia viajaba en carro de Agost a Novelda.


La abuela Lola supo, poco después, que la serpiente que ocasionalmente pasaba por entre los campos de la hoy conocida Uva del Vinalopó, era un invento extraordinario en el que los madrileños colgaban los botijos en las ventanas en verano y dedicaban medio día en bajar a la costa y encontrarse con el mar.


La abuela se caso en los felices veinte con el abuelo Luis. El recuerdo más bello que guardaba en su mente era la imagen de su futuro marido montado en un caballo blanco que venía a verla desde La Romana. Aquel apuesto hombre de más de dos metros -la abuela apenas llegaba a 1,55- le arrebató el corazón para siempre.


Católica practicante, su tolerancia para con las creencias de los demás era proverbial. No abandonó su fe jamás, y respetó y fue respetada por su marido, dirigente socialista y sindicalista en Novelda que desde la retaguardia en la Guerra Civil, trabajó en una fábrica de armamento y fue el encargado de imprimir sellos locales republicanos.


El abuelo Luis abandonó Novelda un tiempo tras la derrota de los demócratas para evitar una muerte cierta (no en vano era Secretario General de la UGT y el PSOE en su localidad) y las consiguientes represalias en la familia. Viajante en los primeros años de la dictadura, la abuela Lola debió hacer frente a la hambruna con cuatro hijos. No era una situación cualquiera: faltaba la comida cada día, sin solución de continuidad, y sus hijos no recibían alimento ni ayuda alguna por las autoridades por ser vástagos de "Luis el Rojo".


No recuerdo haber oído a la abuela Lola quejarse jamás de aquella época, a pesar de que su hijo mayor, mi padre, tiene una memoria precisa de los días que pasaban sin más alimento que una manzana o medio plato "de lo que fuera".


La abuela Lola vio morir al abuelo a finales de los cincuenta y asistió con absoluta reverencia a la aparición de la televisión. Era devota del artilugio, y aceptaba, por no discutir, que los hombrecillos que aparecían en la pantalla eran imágenes que se trasportaban por ondas en el aire. Solo cuando la tele dejaba de transmitir se reafirmaba en su idea de que los hombrecillos, que sin lugar a dudas vivían dentro del aparato, se habían cansado, nada más.


Era ya mayor cuando me casé y no pudo asistir a la boda, pero mi mujer y yo fuimos a verla ese día y nos agasajo y abrazó cuanto un corazón de bien puede.


No dejamos de visitarla en los años siguientes, siempre sonriente y encantadora, hasta que un caluroso día de julio amaneció muerta en su cama, con rostro pacífico. Recuerdo el ataud casi en la entrada de la casa, el lugar más fresco, y fue entonces cuando, mirándola, me di cuenta de que aquella mujer había sido feliz, aún en los tiempos más adversos, simplemente porque lo había dado todo con una sonrisa y jamás había pedido nada a cambio. Siempre he recordado una frase que era común en su vejez: siento morirme y no saber en que va a quedar todo esto.


(c) Luis Torregrosa López, 2009.


jueves, 23 de julio de 2009

El Señor de la Montaña

Montaigne retratado por Thomas de Leu , imagen que acompaña la primera edición de Los Ensayos en Francia, 1617. (En dominio público)




Michel Eyquem de Montaigne cayó del caballo cuando tenía 35 años y estuvo al borde de la muerte. La experiencia fue bastante para que se recluyera en su castillo y dedicara el resto de sus días a disfrutar de la lectura y escribir sus magníficos ensayos, lejos de cualquier riesgo. Ese caballo cuyo nombre desconocemos, no supo hasta que punto nos brindo a un autor imprescindible.

Su obra, Los ensayos, publicada en castellano por El Acantilado en 2007*, ha sido el regalo que mi hermano escogió con buen tino y mejor gusto para mi cumpleaños y que anoche me apresuré a comenzar a disfrutar. Hace ya bastantes años, leí las obras completas de Luis Vives, un humanista en la España cristiana, en una magnífica edición de la Generalitat Valenciana, que por aquel entonces dedicaba esfuerzos y medios para la educación, la salud y la cultura, muy lejos de la triste política de sastrería que hoy nos avergüenza a los valencianos.

Montaigne, a diferencia de Luis Vives, es un santo/humanista laico para los lectores, aunque ambos se derramen en materias comunes. Montaigne es el padre del ensayo tal y como hoy lo conocemos. Su formación erasmista no impidió que se embebiera de toda la tradición griega y romana, apostando por un bien, la vida, como fuente de felicidad, siempre que estuviera plena de conocimiento, interrogantes (Que sais-je? era el lema de su casa) y sano escepticismo. Esto le valió, primero, las alabanzas en vida, y que la obra terminase en el Índice de Libros Prohibidos, después. La filosofía posterior, hasta la literatura, estuvo marcada por su obra, al menos en Francia, Alemania (en Goethe podemos ver un Montaigne prusiano) y el Reino Unido.

Me apresto al magnífico encuentro con esta obra que sólo conocía en parte, durante la incansable canícula de este año.

*La edición de Acantilado es la de Marie de Gournay, jovencísima parisina de 20 años que, tras la muerte de Montaigne, realizó una magnífica edición en 1595.


(c) Luis Torregrosa López

viernes, 17 de julio de 2009

Literatura, ¿para qué?



No me acuerdo de la Primera Guerra Mundial pero la leí hace tiempo.

No me acuerdo de mi primer viaje a Acapulco pero sí de haber leído Crónica de una muerte anunciada en la vieja carretera interminable.

No me acuerdo de ninguna mujer de principios de siglo que no sea Margarita.

(...)


Así empieza el artículo del méxicano Emiliano Monge en Babelia de El País, esta semana. Me sumo a su razonamiento inteligente e imprescindible. A ver si alguien adivina quién es Margarita.

lunes, 13 de julio de 2009

La desmemoria (4)

Lámina reproduciendo los sucesos del 1, 2 y 3 de mayo de 1886 en Haymarket, Chicago.



La desmemoria/4
Eduardo Galeano. El libro de los abrazos


Chicago está llena de fábricas. Hay fábricas hasta en pleno centro de la ciudad, en torno al edificio más alto del mundo. Chicago está llena de fábricas, Chicago está llena de obreros.

Al llegar al barrio de Haymarket, pido a mis amigos que me muestren el lugar donde fueron ahorcados, en 1886, aquellos obreros que el mundo entero saluda cada primero de mayo.

-Ha de ser por aquí-, me dicen. Pero nadie sabe.

Ninguna estatua se ha erigido en me moria de los mártires de Chicago en la ciudad de Chicago. Ni estatua, ni monolito, ni placa de bronce, ni nada.

El primero de mayo es el único día verdaderamente universal de la humanidad entera, el único día donde coinciden todas las historias y todas las geografías, todas las lenguas y las religiones y las culturas del mundo; pero en los Estados Unidos, el primero de mayo es un día cualquiera. Ese día, la gente trabaja normalmente, y nadie, o casi nadie, recuerda que los derechos de la clase obrera no han brotado de la oreja de una cabra, ni de la mano de Dios o del amo.

Tras la inutil exploración de Haymarket, mis amigos me llevan a conocer la mejor librería de la ciudad. Y allí, por pura casualidad, descubro un viejo cartel que está como esperándome, metido entre muchos otros carteles de cine y música rock.

El cartel reproduce un proverbio del África: Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificabdo al cazador.

La desmemoria (1) / La desmemoria (2) / La desmemoria (3)
(c) Eduardo Galeano


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jueves, 9 de julio de 2009

La desmemoria (3)



La desmemoria/3

En las islas francesas del Caribe, los textos de historia enseñan que Napoleón fue el más admirable guerrero de Occidente. En esas islas, Napoleón restablecio la esclavitud en 1802. A sangre y fuego obligó a que los negros libres volvieran a ser esclavos de las plantaciones. De eso, nada dicen los textos. Los negros son los nietos de Napoleón, no sus víctimas.




jueves, 2 de julio de 2009

La desmemoria (2)



Fosa común de Oviedo (Wikimedia Commons, CC-BY-SA-2.0)





El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convitió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia; pero no se necesita ser Sigmud Freud para saber que no hay alfombra que pueda ocultar la basura de la memoria.


(c) Eduardo Galeano


En recuerdo de las víctimas de la represión franquista


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